Ser únicoPero además del compositor inspirado, y aun en sus peores momentos, García fue siempre una persona pública; un francotirador mediático disparando ácidos comentarios a través de infinidad de reportajes. En su discurso, muchas veces confuso y críptico, siempre apareció un rayito que echó luz sobre cuestiones nimias o de vital importancia. “El precio de la fama es tener que volar un día entero para poder ir al cine sin estar obligado a sonreír”, explicó didácticamente una vez. “Siempre me hablan de ir a tocar para abrir el mercado: andá y abrilo vos; que cuando esté abierto, yo voy y compro las papas”, dijo cuando le sugirieron ir a tocar más seguido al exterior. En el célebre juicio con el productor Daniel Grinbank por la tenencia del nombre Serú Girán, utilizó la reducción al absurdo: “Estamos decidiendo si Charly García es él o yo”. “Creo que el peligro es lo que enriquece a una persona. Claro, no es lo que piensa mi mamá”, declaró hace muchos años, y bien podrían ser sus palabras de ayer.
Más allá de sus derrapes públicos, Charly García encontró un modo de ser único, coherente con una forma de ser que tiene mucho que ver con el estilo argentino; ese que mezcla facultad con café de la esquina, potrero con academia, conservatorio con escenario. Se lo ha visto llenando solo o con Serú Girán o con Sui Generis los más grandes estadios de fútbol del país y al día siguiente zapando con músicos desconocidos en un bolichito de mala muerte para 80 personas. Ha estado rodeado de las más grandes celebridades y las mujeres más deseadas de este país, y al rato aparecía en la más absoluta de las soledades. Ha sido el día luminoso y la noche impenetrable, a veces, en cuestión de minutos.
Say No More
Clics modernos fue otro capítulo modernizador en su historia. Pero en Piano Bar, un disco crudo y en primera persona, se comienza a dejar ver el rock star atribulado con su fama y la presión de ser el número uno (“soy el que enciende y el que apaga la luz”, supo cantar). Los primeros hoteles comienzan a ser demolidos y de a poco se va convirtiendo en el profesional del escándalo. Sin embargo, Parte de la religión, Cómo conseguir chicas y Filosofía barata y zapatos de goma continúan dando testimonio de un talento sin par.
Es llamativo cómo, a partir de 1991, tras una crisis que culminó en una internación psiquiátrica, Charly García se dedicó a desmontar su propia leyenda para erigirla en otros términos. Abandonó el formato clásico, se dedicó a lo experimental y se reinventó con Say No More, un trabajo en el que muestra sus “heridas espirituales” en un close-up sonoro que no reconoce antecedentes. Al tiempo que sus viejos fans se horrorizan y lo ven decadente, una nueva generación de adolescentes lo venera como a un dios infalible y genial, aun en sus peores rodadas. Y cada tanto, un latigazo de luz, con Influencia o Asesíname o King Kong, de su aún no editado Kill gil.
Quizás, por qué
“Mamá, la libertad, siempre la llevarás dentro del corazón/ Te pueden corromper, te pueden olvidar/ pero ella siempre está.” Charly compuso Inconsciente colectivo en 1980, en plena dictadura militar, con la libertad cercenada. Y rescató esa idea poderosa para nosotros. Nos abrió los ojos con Canción de Alicia en el país: “No cuentes lo que viste en el espejo/ No tendrás poder/ Ni abogados ni testigos”. Describió nuestra propia confusión amorosa adolescente con la frase “Sé que entre las calles debes estar/ pero no sé partir”, de Confesiones de invierno. Diseccionó con precisión quirúrgica el alma de un suicida en Viernes 3 AM, que resolvió con una frase tan simple como cierta: “Los que no pueden más se van”. Captó como nadie la angustia ciudadana tras la guerra por Malvinas en Yendo de la cama al living, y también las ansias de seguir adelante con Yo no quiero volverme tan loco, cuando canta que “en Buenos Aires se ve/ que ya no hay tiempo de más/ la alegría no es sólo brasilera”. Diagnosticó momentos políticos importantes con la frase “están pasando demasiadas cosas raras como para que todo pueda seguir tan normal”. Ha mostrado lucidez en la comprensión de los sucesos y mano firme de artista para resumirlo en una frase que todo el mundo entiende.
Charly tiene dos épocas en su narrativa. En la primera, hay un nosotros que ya es parte de nuestro ADN y que nos dio una idea colectiva que combinó libertad, enojo frente a la hipocresía y búsqueda de la verdad interior sobre lo superficial (“esas motos que van a mil/ sólo el viento te harán sentir”, de Seminare). En la segunda parte, primó el yo y García nos cantó sus penas. Penas que podíamos compartir, no sólo por la compasión que podían inspirar sus desventuras, sino por eso que Lennon y McCartney definieron tan bien en Nowhere man: “¿No es él un poco como vos y como yo?”.
Charly García sigue siendo aquello que alguna vez dijo que quería simbolizar: una lucecita en el camino. Charly nos concierne. Cuando estemos mal, solos, y tristes, como dice su canción De mí, sabremos que en su música, en sus letras o en sus frases encontraremos algo estimulante que nos iluminará el andar. Ha sido la banda de sonido de nuestras vidas; crecimos con él cantándonos los descubrimientos de un mundo a menudo cruel. En estos 35 años, ha sido el ingrediente mágico capaz de saborizar una comida que a veces se nos torna insípida. Nos acompañó en tristezas y alegrías. Es más: las sigue cantando por nosotros.

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